martes, 16 de abril de 2013

NO A LA INFECCIÓN ZOMBI EN MI PAÍS.


Hace una semana vi en el Facebook una foto que publicaba un amigo, en la que aparecía retratada su prima de unos tal vez treinta años, ella lucía una franela alusiva al bando opositor y una pañoleta también con la bandera de Venezuela, a su lado y abrazándola con confianza respetuosa estaba un hombre de unos cincuenta años, con una franela roja, de esas que tienen los ojos de Chávez pintados a la altura del pecho, los dos sonreían mirando la cámara que capturó la refrescante imagen. Debajo de la foto publicada una leyenda describía el encuentro de esos dos.
Cada uno regresaba a sus casas después de apoyar las respectivas marchas de los dos candidatos contrapuestos. Al parecer se pasaron por un lado y los dos se sonrieron sin conocerse, parece que el gesto compartido los impresionó a los dos y coincidieron en tomar una foto para dar un mensaje de unidad. Luego de la foto, la dama opositora le dijo con nostalgia que esa era la Venezuela que soñaba y le dijo que ella “Quería Patria” (frase alusiva a la campaña oficialista en Octubre) a lo que el caballero oficialista respondió “Yo también soy Venezolano” (consigna de la campaña opositora).
Me agradó la foto y la empatía entre los dos venezolanos con ideologías políticas opuestas. Y por un instante soñé con el 15 de abril, con la Venezuela a partir del 15 de abril. Los dos candidatos coincidían con presagiar un ambiente de unidad y construcción de la Patria o de la Venezuela que es de todos. Me obligué a ser ingenuo, saqué toda la mierda pesimista que pudiera haber en mí y como un niño iluso que no ha visto elecciones antes, ni post-elecciones, creí que desde el 15 de abril sobrarían las fotos retratando a oficialistas y opositores unidos, sonriendo, construyendo un porvenir grandioso para nuestros hijos.
A estas alturas se me ocurre que alguien podría preguntarse “¿y éste iluso que escribe, será opositor u oficialista?”.
Hoy no es lo importante, sin duda tengo mi preferencia política, pero hoy no me importa, hoy la dejo a un lado porque Venezuela exige que así sea por un instante al menos. Mi franela,  roja o tricolor, puede esperar un rato, tal vez mientras tanto deba meterla en la lavadora, y que de vueltas y vueltas, que sea víctima del detergente y luego del suavizante, tal vez deba ser exprimida. Sí, y es que cuando el fanatismo nos inunda lo mejor que podemos hacer es desdoblarnos un momento y despojarnos de nosotros mismos para revisarnos y evaluarnos, para limpiarnos de las impurezas del odio o la justificación de lo injustificable y, por qué no, tendernos un rato al sol para que nos alumbre su claridad y marchite la insensibilidad.
¿Qué pasó? Pregunto, ¿qué pasó con el discurso de unidad? Y no me refiero al discurso de un bando o el otro, me refiero a esa euforia que emanaba de cada venezolano y que les hacía asegurar que desde el quince habría unidad. ¡Ese discurso se fue a la mierda! Parece que nadie, o muy pocos, quiere recordarlo y pensarlo. Un amigo me preguntó hoy “¿y qué piensas tú que debemos hacer?” Me preguntó desde su bando, pero la pregunta me la pudo haber hecho alguien desde el otro bando también, y la respuesta es la misma para los dos: Con certeza no sé qué se deba hacer, pero sé muy bien lo que no se debe hacer, y no se debe atentar contra la vida, dentro de lo que se debe podría considerarse respetar la vida y darle valor al ser humano por encima de las etiquetas. No digo que cada quien renuncie a sus convicciones, pero que se valore la vida del otro como la propia. El Cristo, que es casi una bandera de todos los habitantes de occidente, sugirió amar al otro como a uno mismo, no al otro que simpatiza con mi posición política, sino al otro. Bajo la comprensión de esa máxima las manifestaciones o represiones jamás atentarán contra la vida.
En las calles algunos dicen “esto se lo llevó el coño”, no, esto no se lo ha llevado nadie aún, pero lo estamos entregando, eso sí, desde los dos bandos hay quienes están entregando esto al coño, y no al coño e´ su madre, como dicen en Venezuela, sino al coño de la mierda misma.
La infección zombi ya inició en las calles de mi país. El fanatismo nos está mordiendo con aliento de perro rabioso, las calles babean saliva podrida e infectada, donde sea que te muerda el fanatismo, y sin importar que quieras hacer patria o también seas venezolano, si te muerde, tu cerebro se excita olvidas el amor a la patria y tu venezolanidad, actúas con violencia y justificas la violencia en respuesta a la violencia.
El fanatismo tuerce las consignas y hasta lo más sagrado de la ciudadanía. Unos aseguran que son parte del bravo pueblo y harán caer las cadenas. Bravo es el pueblo que combate la violencia con amor al prójimo, bravo es el pueblo que trasciende el proselitismo y las etiquetas para darle valor a la vida. Durante esta campaña electoral un candidato dijo que ser presidente de Venezuela es “arrecho”, el otro dijo que descarguen su “arrechera” en las ollas. Y como me niego a ponerme mi franela aún, para seguir escribiendo con mi pecho expuesto, yo digo que arrecho es ser venezolano sensato, eso sí es arrecho, y que descarguemos nuestra arrechera en contra de la violencia llamando a la paz y practicando la paz. Y que caigan las cadenas de la violencia.
Poco importa dónde comienza la violencia, mientras se busca su génesis habrá incrementado tanto que descubrir dónde comenzó no será significativo, ya la infección nos habrá hecho mutar a todos. Estaremos tan jodidos que sería más económico un apocalipsis que nos borre del mapa y que un hombre de barro exponga su costilla para dar comienzo a una nueva creación. Pero esas cosas sólo suceden en las dimensiones mitológicas del arte o la religión. En cambio, en la realidad, podemos darle un parao a la infección. Desde tu bando podemos acabar con el fanatismo zombi y regalarle una fotografía inmensa al país. ¡Vamos no joda! ¡Venezuela no es madre del fanatismo y se niega a ser guarida de zombis!

LEÍ "LOS COLORES DEL CIELO".


César Seco nos presenta “Los Colores del Cielo”.
Apenas entré en su galería de arte me encontré con un personaje de tres identidades. La pluma de César es poética, eso puede notarse apenas se lee la primera oración del primer párrafo: “Pramuck Omack es ciudadano del mundo”. Tanto romanticismo para dibujar un personaje denuncia la carga poética sobre el hombro de su creador. Y con esa oración el creador de esta obra nos introduce en un mundo nada extraño, a pesar de los juegos de identidades y roles que ejerce el personaje, a pesar de que lo sitúa en tres espacios contrapuestos.
Lo que César hace es resumir en tres fragmentos la voluntad humana que compone la múltiple personalidad de cada ser, aunque nos empecinamos con mostrar una y ser “congruentes” con la que hemos asumido como “verdadera”, debemos ser honestos y reconocer que tras la fachada construida se debate el querer desafiarla, pasea la ira que no nos permite aceptar del todo lo establecido. En líneas generales el primer cuento, protagonizado por la trinidad del personaje Pramuck Omack, plantea al hombre en pleno postmodernismo, asumiendo su identidad fragmentada, consciente de lo relativo de su rol y finalmente declinando ante lo inevitable, dispuesto a avanzar con coraje. Dibuja un mundo bien delimitado, con un halo de oscuridad y misterio, atractivo. Obligando al lector a permanecer allí para comprenderlo, invitándolo a ser ciudadano de ese mundo en el que pasean sus personajes.
La narrativa de César es propositiva, desafía al lector a ser parte de la historia invitándolo a ser testigo y razonar las causas o efectos que le dan vida a los párrafos plasmados en el papel. Al pasear por el segundo cuento se reitera la condición postmodernista del hombre actual, además de destacar el carácter poético del autor, se puede percibir su desafío asumido con la narrativa para plantear perspectivas amplias de asuntos que son contemplados por otros con prejuicios.
Nos pone en el centro del segundo cuento a un bloguero homosexual, condenado a la muerte tras el diagnostico fatal y temido, pero no abraza la muerte resignado y apurado, sino que decide dejar huellas de su existencia aunque tal vez su decisión es producto de su soledad y necesidad de divagar para “matar el tiempo”. Así que de nuevo encontramos un personaje complejo, luchando contra sí mismo. Este consistente carácter en su obra le da personalidad a su narrativa. El autor va proponiendo el declive de los absolutos, hace de la historicidad un libro abierto y dispuesto a ser juzgado e interpretado. Hasta el cuento número dos el cielo se hace rojo y gris.
En su tercer cuento César nos deja ver su destreza en el género romántico y el erotismo. Dibuja una historia de amor y aunque el romance entre “él y ella” logra captar la atención del lector, puedo percibir tal romance como la excusa para decir muchas cosas. Hay tesoro escondido en esa isla de romanticismo y erotismo, códigos que marcan la consciencia del lector e invitan a ser descifrados.
En el primer cuento vemos a un hombre que abraza un destino por la convicción de lo necesario y su interpretación del deber, y en medio de su conflictivo mundo interno el autor deja ver una reflexión de su personaje: “…Por un momento en su vida quería mirar el rostro de Alá o de Jesús,  si era verdad que Dios existía y pedirle que extrajera de todo esto con una pinza a Alba…”  Ese “si era verdad que Dios existía” es una línea que, por estar incrustada en el contexto que plantea el cuento, queda haciendo ruido. Más tarde, en el segundo cuento, el moribundo bloguero, consciente de su condición, escribe: “¿me van a decir que son cosas de Dios,  de eso que llamamos el inefable destino, o del diablo ese que no sabemos si de verdad existe, pero que todo nos dice que con él convivimos?”  Si bien el carácter teológico de su narrativa viene “desfragmentando” la idea sólida y aceptada por herencia como “dios” con los dos primeros cuentos, la obra no está divorciada de una espiritualidad, sólo que no es tradicional la que plantea. En el tercer cuento la negación madura y da un resultado: “El amor es un espasmo de Dios cuando respira…” Uno de los versos escritos por “él” y que surgieron como resultado del romance con “ella”. Así, va estableciendo la posibilidad de una comprensión más amplia (¿y postmodernista?) de la espiritualidad, planteando que “Dios” puede que sea un ser con espasmos, que respira, y de quien emana el amor que viven los hombres y las mujeres cuando se encuentran. ¿Acaso podría ser “Dios” ese mismo amor? ¿Acaso podría “Dios” ya no ser visto como alguien que vive en otra esfera y que maneja los hilos del destino del mundo? ¿Podríamos cambiar de idea respecto a “Dios”?
Algunos podrían considerar el planteo teológico de la narración como “egocéntrico”, sin embargo, podría ser una crítica equivocada o prejuiciosa pues a fin de cuentas ¿las distintas concepciones y multiformes espiritualidades establecidas por la tradición no podrían considerarse como el producto del ego de los sistemas religiosos? ¿Acaso esta acción del hombre postmoderno, al deconstruir lo establecido, no es la misma que ya otros han hecho en distintas edades para arrojar como resultado la tradición hoy asumida como “la correcta”? Tal vez bajo esa óptica pueda dársele más crédito a las palabras del autor del libro de “Lamentaciones” cuando incansablemente repite: “no hay nada nuevo bajo el cielo”, y yo añado, en sintonía con la obra de César Seco, que ni siquiera los colores del cielo son nuevos, siempre han sido los mismos.
A estas alturas del libro, el cielo es rosado.
El cuarto cuento no pierde ritmo, nos sitúa en el ojo de la desgracia, esa que nadie espera aun cuando amenaza a diario, esa que aunque se teme no podría sospecharse su magnitud hasta vivirla. Con la desgracia en curso nos introduce en la historia, haciéndonos parte de ella, con una narración veloz, que obliga al lector a acelerar la mirada y transcurrir entre los párrafos. Allí somos lluvia cayendo y cerro cuesta abajo. El talento de César Seco de mover al lector al antojo de su ritmo como contador de cuentos es impresionante. La nostalgia se confunde con el miedo, la tristeza con la esperanza. Y vamos conociendo aquel trágico evento que azotó al pueblo venezolano de Vargas  y cambió por siempre la vida de sus habitantes. El cielo ya es una mezcla de colores donde predomina el verde, pero tiene aroma de lodo.
Luego de abordar la narrativa desde la tragedia, desde el existencialismo, desde el romanticismo el quinto cuento presenta un mundo post-apocalíptico y es un derroche de ciencia ficción. César voltea el mundo, cambia la geografía y viste la humanidad con un traje metálico, incluso sirve sobre la mesa aspectos de las creencias que componen las ficciones de nuestra realidad, en uno de sus párrafos cuenta que grupos religiosos consideran que la máquina a cargo del poder es el anticristo. Aborda la robótica con un estilo único y su historia es contada con la originalidad que su pluma asoma en los cuentos anteriores. Los robot, creados para disminuir el crimen, se convierten en criminales. Es la lucha épica entre el bien y el mal, demostrando que el mal no es cuestión de la humanidad, que no es una condición o rasgo distintivo de nuestra raza, sino que es una influencia que puede rechazarse también.
Nos presenta a Luno Artigas y a través de él podemos observar la utópica esperanza de todo aquel que idealiza un mejor porvenir pese a los pronósticos y la realidad. Introduce un tercer elemento en su ficción: alienígenas. Así nuestro planeta se ha convertido en hogar para tres razas en conflictos, cada una queriendo recuperar lo que creyó poseer. Cuando uno piensa que la obra está montada, que la historia está contada, César Seco nos sorprende con una agonía desdoblada en Luna Artigas y un romance que queda en la imaginación del lector. El cielo muestra su color anaranjado.
La narración acelerada y descifrable se pausa un instante, desacelera, pero no para perder calidad sino para invitarnos a otra dimensión, para hacernos contemplar otro estilo y género. César nos introduce en el mundo de Elías, un personaje aparentemente atormentado y no lo sabe, con una “maldición” por su condición judía… “Y ya sabemos que para los hijos de Israel esto es el calvario: tener siempre que irse a otro lugar, indignos de confianza alguna, obligados siempre a la diáspora, a marcharse a donde suponen les espera “la tierra prometida”.  Nos internamos en la humanidad del judío maestro Elías, y descubrimos que no es un personaje ni negro ni blanco, sus agonías y tormentos no le impide ser un hábil orientador, no lo privan de “días buenos” en los que sale de su habitación rasurado, bien vestido y perfumado para ejercer su rol. El cielo es azul también, y mientras leía la vida de Elías noté de nuevo que César me había involucrado en su historia. Maestro Elías, quien al principio me deja ver su locura, resultó ser un hombre de literatura, poeta hábil, distante del destino que le tocó al final, apasionado por una Zobeida que es su musa, y adicto al éter que resultó se su perdición. Pero cuando creí que maestro Elías era un personaje digno de un final feliz, el autor cambia el panorama, no sin antes hacer lógica la transformación de la trama y desviarnos por el laberinto en la consciencia del personaje.
Y con ese cuento César cierra su exposición de arte, con un cielo azul, haciéndonos consumir éter, impregnándonos con locura.
En resumen, César Seco es mucho más que un narrador, se percibe cronista, periodista, poeta. Ha logrado internar una serie de aplicaciones que vuelca sobre el papel con destreza. Disfruté la lectura de sus cuentos, y me quedé preguntando de qué color podría ser el cielo mañana.

miércoles, 10 de abril de 2013

DE NUEVO RUBIA.


Rubia fue mi primera novela escrita. Mi primera novela finalista en un concurso. Mi primera novela publicada. Mi primera novela en amazon. Mi primera mirada a mí mismo luego de romper con las herencias ideológicas, religiosas e históricas que me tocaron. Rubia es además quien me bautiza como escritor y me quita un poco el miedo y la vergüenza de sospecharme escritor (un poco solamente). Además, Rubia es mi primer intento en el Premio de Literatura Rómulo Gallegos, en la edición cuyo fallo corresponde al año en curso. Sea que figure entre los finalista o no, quedará escrito en mi memoria que fue la novela con la que intenté por primera vez obtener el premio con el que sueñan los escritores latinos. Y que se sepa que será el primer intento, pues desde esta edición el jurado tendrá que evaluar en cada edición una obra mía, pues soy terco e incansable.
Ella me ha traído buenos amigos, gracias a ella muchos nombres están almacenados en ese baúl de amigos verdaderos que formarán por siempre parte de mi historia. Entre ellos debo mencionar a Febe Mendoza, quien me acompañó desde su creación, quien recorrió los laberintos de la trama en tiempo real y me enseñó a contar historias. Siempre diré que no me atrevería hoy a escribir para ser leído si el nombre Febe Mendoza no estuviera en mi memoria. Y así muchos que no sólo han sido lectores sino que también se hacen hoy propulsores de la historia y canales para que mi Rubia sea recorrida por la mirada de otros.
De nuevo Rubia irrumpe en mis rutinas, tras la posible publicación impresa en Costa Rica me vi obligado a jugar con ella una vez más, la leí de nuevo e hice algunos cambios en su presentación enumerando esta vez los capítulos. Y hoy quiero reflexionar a partir de ella.
Aunque lleva su nombre hoy puedo decir que el asunto principal de la novela es el odio. Recuerdo que durante años el cristianismo me enseñó que el odio es una influencia del maligno que mancha nuestra existencia y nos hace indigno frente al dios. El odio, me enseñó el cristianismo, nos condena a la muerte eterna, al infierno, a la condenación. Ante la grave problemática, así concebido el odio por la religión cristiana, se nos ofrece una salida: la redención. Y esta redención es una especie de manto mágico que arropa al hombre y pretende hacerlo inmune de la influencia demoníaca representada por el odio, entre otras cosas. El asunto es que, dada nuestra condición humana y nuestros condicionamientos y “educación”, el odio no se disipa con mantos mágicos, sino que sigue infectando nuestras emociones, sólo que a veces, por las rutinas que impone la religión, logramos distraer el sentimiento negativo.
La verdadera redención del hombre es el conocimiento de sí mismo. Lo entendí cuando decidí abandonar el cristianismo y caminar con mis propios pies y ver a través de mis ojos. Por ese tiempo comenzaba a escribir Rubia, centrado en un personaje marcado por una vivencia que la lleva a odiar al abuelo y todo cuanto significó su abuelo para ella. De manera que Rubia odia su entorno, su vida, odia el amor, odia el porvenir, todo lo que puede ver o recordar lo odia porque todo ello fue su abuelo.
Hoy tengo el coraje para admitir que el odio de la chica de mi novela era mi odio, su abuelo era mi cristianismo y lo odié, por robarme mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, por estar en mis recuerdos, por creerlo porvenir, lo odié porque me infectó y me hizo creer que el mundo era de una forma y al despertar pude entenderlo de otra. El abuelo de Rubia fui yo mismo, engañado por mí mismo, truncado por mí mismo, esperando siempre que las cosas sucedieran de una forma mágica, perdiendo el tiempo que pude haber diezmado en esfuerzo e intentos. Como Rubia busqué sanar mi odio de distintas maneras, porque así fui condicionado, creyendo que las respuestas a los problemas propios pueden encontrarse en fuentes externas. Pero comprendí, no muy tarde, que la redención está en el conocimiento de uno mismo. En saber quién soy, por qué soy, hacia dónde soy, desde dónde soy. Rubia invita a contemplar las posibilidades que siempre serán fallidas y a aceptar con coraje la responsabilidad de nuestros pasos, nuestra responsabilidad con nosotros mismos, al final es la respuesta correcta.
Ella es una lectura amplia. Rubia es la misma América Latina buscando su identidad, reconociendo en cada paso, a través de las décadas, que sus problemas necesitan soluciones que emanen de la latinidad, de la identidad propia. Rubia es una invitación a tomar el control de uno mismo y evaluarnos, decidirnos por la construcción de nuestro porvenir, decidirnos por avanzar a ritmo propio, desconociendo las herencias que nos han encerrado en los laberintos conflictivos, desafiando lo ya establecido para así encontrar salida y un mañana. En ella dibujo la tierra donde nací, el pueblo que fue mi cuna: Aroa, Estado Yaracuy, muestro matices del cerro que conquistó mi abuelo Segundo Crespo y hasta incluyo su nombre en la trama. También dejo ver cómo percibí a la ciudad de Cabimas cuando recién llegué, y hasta cómo percibí los cambios políticos que iniciaron en 1999. A través de Rubia podrán conocer El Consejo de Ciruma, un pueblo que, de no existir, sería la ficción mejor elaborada. Tomo del pueblo algunos mitos, dibujos otros inspirado en los ancianos que conocí allí.
Rubia es un resumen de mi historia hasta el año 2008 y es además parte de mi historia desde entonces, siempre volveré a ella, a Rubia, siempre miraré sus ojos azules, míticos y místicos, siempre recorreré las calles que son suyas. De hecho, Rubia jamás dejará de ser parte de mi realidad pues siempre tendré que visitar El Consejo de Ciruma, y desde hace diez años pienso que tal vez al llegar a la vejez me encierre en ese pueblo para reflexionar en mis días desde mis últimos días. Espero un día, amado lector, tengas la oportunidad de leer a mi Rubia y puedas decirme cómo me vez a través de sus ojos. 
Les invito a visitar el blog de la novela: http://www.minovelarubia.blogspot.com/ 

martes, 9 de abril de 2013

CONCURSO DESDE VENEZUELA.


Apreciados LECTORES, es de mi agrado mostrarles las bases de este sorteo. Me uno a KassFinol para hacerlo posible.
Como en este mes ambos publicamos esos dos libros, nos unimos para realizar este fácil sorteo.
Bases: (Pueden participar desde cualquier país)
1.- No se realizará el sorteo si no hay un mínimo de 40 participantes.
2.- Deben publicar esta imagen con sus bases en facebook o blogger y dejar los link debajo de esta entrada.
3.- Ser seguidores de estas tres páginas:
Y les dejo el link de la página Regeneración:

viernes, 5 de abril de 2013

RESEÑA DE "DECIDISTE TARDE", OBRA DE LA AUTORA KASSFINOL

Cuando Kassfinol me obsequió su versión digital de “Decidiste Tarde”, me advirtió: “lo escribí en una sentada”. Sospeché que con eso me decía que se trataba de una obra sencilla y nada sorprendente. Pero no fue así. Es una obra de fácil lectura y comprensión, con una narración fresca y a ritmo acelerado, nos cuenta una historia bien delineada, sin abusos narrativos, sin muchas distracciones, el uso de los recursos literarios es exacto y sin derroche alguno.

Me gustó la historia, alguna vez, de alguna u otra manera, todo ser humano la ha encarnado. En ocasiones hemos sido engañados por otros, o por nosotros mismos, como también hemos sido engañadores y a veces mientras lo somos, sin darnos cuenta, nos oprimimos a nosotros mismos. Todos tenemos, en nuestras memorias, recuerdos de buenos romances y romances que no fueron fructíferos.

Kassfinol nos presenta a Francisco y a Sandra en una historia romántica. Así parece al principio. “Decidiste Tarde” tiene una particularidad que surge de la naturaleza de su autora: evolución y transformación. Si me pidieran definir la obra en una frase diría “Decidiste Tarde es una narración que evoluciona con rapidez y se transforma mediante sus elementos”.

Lo que parece una historia romántica va tornándose trágica, los personajes van consumiéndose en una suerte deprimente, donde la angustia pasea entre sus almas, se descubre uno al otro y uno en el otro, lo aparente va convirtiéndose en un fantasma que inquieta y la incertidumbre los lleva hacia la agonía de tener que decidir como arrinconados contra la pared. El aura romántico y trágico se fusiona para atraparnos como un monstruo sediento de lágrimas e indecisiones.

Me sorprendió ese cambio inteligente, esa transformación que hace evolucionar la lectura, me sorprendió porque se hace tan sutil y silencioso que apenas puede percibirse. Y cuando ya creía definida la historia se vuelca desde lo fantástico, elevando la voz del narrador, encarnada en la personalidad de Sandra, a una dimensión fuera de la realidad que se observa.

Cuando llegué al final recordé que Kassfinol escribió “Decidiste Tarde” en una sentada y sonreí pensando que así nacen nuestras mejores obras.

Recomiendo esta lectura, sé que la van a disfrutar.

martes, 19 de marzo de 2013

LUIS EDUARDO AYALA PÁEZ: REGENERACIÓN ES REALIDAD EMULADA Y FANTÁSTICA.


Reseña escrita por Luis Eduardo Ayala Páez.
Escribir es una tarea ardua, compleja y llena de riesgos. Asumir el tiempo y el espacio para desarrollar un entramado mágico, envolvente, en donde brote la vida, es una labor muchas veces complicada. Por ello, lograr la atención del lector es un don sólo para elegidos, porque sólo ellos saben capturar la mirada curiosa de los lectores, motivo por el cual hace que este gozo sea para muchos inalcanzable.

Las novelas generadas en nuestro país en los años 70 marcaron el rumbo de la novelística actual de nuestras letras, afianzaron el panorama, propusieron sus formas y técnicas, lamentablemente llegando a su ocaso en los años 90. Desde allí la novela venezolana ha menguado, mermando en calidad y producción.

Desde ese tiempo son pocos los nombres que sobresalen. Sólo nos podemos quedar con los latidos de un José Balza, resonando con su novela “Percusión”, como lo mejor escrito en esa década. El paisaje actual de la novela escrita en nuestro país es desconcertante.

Sin embargo, como un torrente de vigor y rigor narrativo, sale a la luz la producción novelística de un joven escritor venezolano, Gusmar Sosa.

En su propuesta narrativa la realidad es trastocada, planteando miradas múltiples, llenas de un toque maravilloso, a veces mezclando la luz y la oscuridad, dualidad presente siempre en los acontecimientos diarios.

En esta narrativa se entrecruza la realidad con la inventiva creadora del poder de fabular de Gusmar, produciendo un relato fantástico e insólito, igualmente, verídico.

Yo llamaría al andamio filosófico, narrativo y poético que conforman a ésta, su más reciente novela, “Regeneración”, como una novela de realidad emulada, realidad extraída de un hecho sonoro, que  pasa a ser redimensionado, cubierto y protegido por un halo fantástico.

Roberto, el personaje principal de la novela, es una figura inquietante y enigmática por su don de regenerarse a sí mismo, que lo hace inmune al fuego que se desarrolla en la factoría donde se desenvuelve parte de la historia. Es un personaje humano, que tiene los mismos miedos y culpas que todos sentimos de vez en cuando, que dejándolos a un lado, asume el acto heroico de adentrarse en las llamas y cambiar la situación.  Roberto es un héroe derrotado y de redimido a la vez. 

En “A puertas cerradas”, de Jean-Paul Sartre, un conjunto de personas son sumergidas en un infierno doméstico, hecho que los incita a flagelarse entre ellos, haciendo germinar las pugnas y  los tropiezos. Por el contrario, en la novela de Sosa, sucede lo inverso, el infierno es real, las altas llamas cubren todo, llegan al techo como tentáculos de fuego, propagando un humo denso color piedra, que los ahoga. No obstante, aquí la esencia humana muestra ese don olvidado: la solidaridad, que surge de la fragilidad.

Los personajes de “Regeneración” se despojan de resentimientos y culpas, propiciando entre ellos un sosiego que los ayuda a sobrevivir en el infierno.

En estas contradicciones reales, en estos sobresaltos, “Regeneración” asume un punto de flexión en el ámbito de la novela actual del país, porque se ocupa, sin divertimentos, de un hecho real y lo vuelve la semilla de una gran historia, que no se aleja de su otro aspecto más importante como lo es el hecho de hacer una crítica pondera a muchas de esas contradicciones que desde la realidad impregnan la historia de la novela. Recordando con ello, las teorías estéticas de Georg Lukács, quien en sus ensayos demuestra y hace patente estas dualidades. 

Sosa asume correctamente estas intrincadas y inasibles contracciones, volcándolas con éxito en la trama, al nombrarlas y hacerlas parte de la novela permite elaborar una crítica de las mismas desde la ficción, en esa realidad emulada, llena de vida y elementos enigmáticos, fantásticos.

“Regeneración” es una novela que se yergue como una propuesta literaria interesantísima, que nos hace pensar en la recuperación de lo mejor de nuestra narrativa, trayéndonos una historial original, es una novela que sale del inventiva de su autor, de su prosa ingeniosa, alejada de superfluos y exabruptos, que atrapa y atrae, que nos envuelve poco a poco con su potente historia.

Es una novela que abre nuevos senderos en nuestras letras, que nos anima a confiar en lo que se viene haciendo. “Regeneración”, no sólo es una excelente lectura, es también una novela de un profundo contenido.  Acerquémonos a ella querido lector, adentrémonos en sus páginas, dejemos que la prosa de Sosa nos sumerja en la fascinante historia de “Regeneración”. 

viernes, 8 de marzo de 2013

A ELLA LA LLAMARON ADÚLTERA...


Tal vez se equivocó, puede que sólo buscaba satisfacer su necesidad, nunca lo sabremos con seguridad, pero algo es cierto: a veces nos equivocamos por nuestra desesperación y nos ciega el deseo de encontrar “agua que calme nuestra sed”.

¿Pero quién puede culparla? ¿Quién nos culpa?

A ella la culpa una turba de hombres “perfectos” según los parámetros que ellos construyeron, según las interpretaciones emitidas entre las paredes de sus sinagogas. La llamaron “adúltera” porque aprendieron a cambiar el nombre de quienes no encajan en el sistema. Y la “adúltera” no es una mujer para ellos, es sólo un objeto, es una herramienta que les permite brillar como rectos y estrechar entre ellos sus manos saludando la perfección que otros evidentemente no han alcanzado. Y no sólo es una herramienta, la “adúltera” es mucho más aún: también es carnada.

La obligan a caminar mientras la empujan con desprecio. Allá van, buscando al Cristo para escupirle la perfección en la cara y dejar en sus manos la decisión de qué se debe hacer con la “adúltera”; apuestan a que no es lo suficientemente integro como para emitir el juicio correcto: apedrearla. Y si tienen suerte de obligarlo a emitir el juicio correcto lograrán que su popularidad disminuya.

La caminata cesa. La mujer que fue sorprendida en pleno acto de adulterio va delante, tal vez a empujones. Me detengo a pensar cómo se las arreglaron para encontrarla en pleno adulterio. ¿Habría sido un plan orquestado durante días, semanas, meses? La escogieron a ella de entre la multitud de “pecadores” del pueblo. ¿Por qué a ella? ¿Se interesaron en su historia y en los por qué de su adulterio? ¿Y qué del hombre con quien ella cometió el adulterio? Porque sola no pudo haber cometido el acto. ¿Por qué no lo trajeron a él también?

Quizás había toda una historia detrás de aquel acto, tal vez ella creyó en aquel hombre al que se le entregó. ¿No habría sido engañada con falsas promesas de seducción? ¿Y qué tal si ella estaba segura de que aquel hombre era su amor? ¿No sería ella una mujer con sueños colgados en ese hombre?

Al parecer a nadie le importó pensar en ella, nadie le preguntó nada, ella era la ocasión perfecta para debatir y derribar los argumentos de amor liberal de un carpintero a quien el pueblo ve como un Cristo.

Alguien la toma con brutalidad por el brazo izquierdo y violentamente la lanza hacia adelante, ella cae de rodillas en la arena, el polvo que su brusca caída levanta hiere sus ojos humedecidos por el temor a morir y sus manos son lastimadas por el roce de algunas rocas en la arena. Apenas puede observar los pies de su juez.

La “adúltera” frente al Cristo, los perfectos la acusan y sonríen esperando el veredicto. Tal vez usted conoce la historia, pero ella no, apenas la vive. Cada segundo es una eternidad de agonía tras otra, ella sabe cuán duro es el corazón del hombre, lo sabe porque más de uno la ha herido no con piedras pero si con caricias que se ausentan, con besos que no vuelven, con promesas que no se cumplen, con palabras que se desvanecen como la noche y huyen como el viento. Podría morir apedreada o tal vez sobrevivir, ni siquiera sobrevivir es consuelo, de no morir apedreada tendrá que lucir las marcas del juicio por las calles del pueblo.

Pero el Cristo no defiende las enseñanzas de la sinagoga ni es seducido por la perfección de la turba, al parecer no le interesa la perfección y tampoco mantener con vida un sistema que es capaz de reconciliar conceptos como “piedad y piedras”, que propicia la ocasión para atentar contra el ser humano, que sirve como escenario para juegos de “poder y control”. La mujer quizás ni siquiera escuchó las palabras del Cristo, pero de repente no habían ni perfectos ni piedras a su alrededor.

¿Dónde estaban los que la condenaban?

¿Por qué se marcharon si él sólo pidió que lanzara la primera piedra aquel que está libre de pecados?

De no haber ninguno capaz de lanzar la primera piedra bastaba con soltarlas, pero ¿por qué huyen delante de un hombre que sólo pronunció palabras y de una mujer adúltera que yace indefensa en el suelo?

Es que muchos no pueden permanecer frente al amor, huyen del amor verdadero, huyen de la piedad verdadera, no les interesa practicarla, sólo les interesa ser notables y sino pueden hacer notar la “perfección” que encarnan entonces prefieren huir.

En esta historia encuentro a un Cristo interesado en defender al hombre, disparando en contra de leyes, doctrinas, ideologías que dan pie a la estúpida actitud de superioridad, actitud que hace modelar conceptos como “la fe nos hace fuerte y mejores que el mundo”, actitud que alimenta la idea de un orden de clases, de divisiones dentro de la sociedad, de etiquetas según “logros”, conceptos que en muchas manifestaciones del cristianismo laten con fuerza como si ellos, y no el Cristo, fueran el corazón del cristianismo.

Creo que debemos reflexionar hoy frente al Cristo y aquella mujer a la que insisten en llamar “adúltera”… ¿De qué lado seguiremos? ¿Del lado del Cristo y la mujer? ¿Del lado de la turba de hombres perfectos representantes de un sistema perfecto?

Una vez dije en una reunión con muchos hombres perfectos: “tal vez ser adúltera le permitió conocer al Cristo”. De inmediato sentí las piedras apuntándome, me di cuenta que no soy perfecto y honestamente me gustó más desnudar mi imperfección y no seguir disimulando con disfraces de piedad, aunque eso me convierta en un blanco para apedrear. Yo prefiero ser un adúltero, un hereje, un descarriado, un ateo o cualquier otra cosa y no un defensor o embajador de un sistema que no es capaz de quedarse frente al maestro un minuto más para escucharlo decir “Ni yo te condeno”.