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domingo, 23 de junio de 2013

LOS CADÁVERES NO SANGRAN, LOS DIOSES TAMPOCO.


Warm Bodies no es una película tradicional de zombis. Lo noté en la primera escena, cuando descubrí que la voz que narra le pertenece a un zombi. A principio de año leí literatura “Z” por el interés de escribir una historia bajo sus elementos (la escribí, la edité, pero no he querido compartirla, probablemente en octubre la publique NsB en un libro que presenta dos historias “Z”, la mía y la de Richard Sabogal). Pero no leí una historia similar a Warm Bodies, donde el protagonista es un zombi que va narrando su transformación luego de tropezar con una chica a la que ni siquiera intentó comerse, porque se enamoró.

Arroja datos inéditos dentro del mundo “Z”, por ejemplo, los zombis disfrutan comer cerebros porque así pueden sentir y ver los recuerdos de sus víctimas, lo que es equivalente a soñar, algo que ya no pueden hacer. También es interesante el hecho de que introduce un orden social, por decirlo de alguna forma, están los zombis y los huesudos o esqueletos. Los huesudos son los opresores del mundo de los muertos, ellos han perdido todo rasgo de humanidad, se creen los dioses del mundo, creen que pueden devorarlo todo y esclavizar a otros, consumen sin consciencia, caminan con aire de superioridad, como si el mundo fue creado para ellos, como si todo lo que respira debe inclinarse ante ellos y sufrir la ira del hambre que los hace existir.

En la película están los humanos, los que no han sido infectados por la enfermedad que hizo del mundo un desastre, sin embargo, mientras el protagonista va narrando establece un paralelismo interesante permitiendo ver que los seres humanos ya estamos infectados, que hemos ido perdiendo o entregando ese calor humano que nos permite vernos en el otro y amarnos en el otro. Vamos caminando sin mirar a nuestro alrededor, ensimismados, ambicionando sólo para nosotros, movidos por hambre, capaces de destruir, sin ánimo de construir.

El zombi protagonista no recuerda su nombre, sólo recuerda que comienza con la “R”, y decide que “R” es un buen nombre para él. Julie entra en escena, es la hija de un militar que gobierna una villa, que bajo la excusa de sentirse obligado a proteger a los que habitan la villa se ha acorazado con un carácter inquebrantable y está decidido a matar a todo zombi frente a él. Julie se asombra al conocer a “R”, hasta el momento pensaba que los zombis eran todos monstruos, pero ve rasgos de humanidad en “R”, y en una escena le confiesa “tú te esfuerzas más que los humanos que conozco…” Y es que “R” se esfuerza más porque ha reconocido que no es lo que otros le han dicho que es, no es un zombi, aunque está muerto y su instinto lo lleva a comer humanos él no entiende por qué no puede tener una amiga humana y protegerla, incluso llevarla a su casa.

La película transcurre y “R” va descubriendo que puede sentir alegría y tristeza, y una noche hasta tiene un sueño en el que Julie le dice que la humanidad necesita “exhumarse”. Una horda de zombis los ve un día tomados de la mano y despierta en ellos el mismo sentimiento que despertó en “R”, hasta logran soñar también. Otra de las líneas del diálogo que me llevó a reflexionar fue pronunciada por Julie: “la aceptación es la cura”. Reconoció que la cura para el mundo que conocía no estaba en exterminar todo aquello que era diferente a ella y los suyos, tampoco en intentar una transformación, sólo debía aceptar al otro y darle la oportunidad de estar cerca y de vivir también, la transformación necesaria sería consecuencia de la aceptación. Pronto “R” y muchos de sus amigos zombis fueron volviéndose humanos, el corazón les volvió a latir, aunque nadie podía notarlo, ellos podían sentir que estaban curándose.

El padre de Julie y su ejército se ven amenazados por un batallón de huesudos o esqueletos que intentan tomar la villa para alimentarse y “R” y sus amigos zombis se unen a los humanos para enfrentar a los huesudos. Luego de la batalla y la retirada de los huesudos “R” y Julie quedan frente a su padre, ella lo protege pero su padre dispara y una bala perfora el pecho de “R”, Julie voltea hacia él y lo ve sangrando, su rostro refleja miedo, dolor, pero sonríe, y cambia la expresión de inmediato: “R, estás sangrando, estás sangrando, los cadáveres no sangran…” Y esa sangre, brotando desde el pecho de “R” fue la prueba que necesitaba el padre de Julie y todo el ejército para finalmente aceptar que podían vivir entre los zombis y establecer una nueva dinámica social.

Los cadáveres no sangran, eso es cierto. Los zombis no existen, tampoco los huesudos, los humanos no necesitan refugiarse en una villa… Pero yo conozco una parte de este mundo que habito, donde hay líderes opresores, huesudos, esqueletos, a los que solamente les importa el hambre que sienten, hambre de ser prestigiosos, de tener bajo su mando súbditos que actúen según la voluntad de ellos, que han sido capaces de vestir de sagrados sus métodos y convertir en dioses sus instrumentos, haciéndose ellos iguales a un dios, sutilmente, para no ser descubiertos. Muchos de esos huesudos ni siquiera están ya conscientes de lo que hacen, porque la consciencia de ellos es el hambre que los azota. Para ellos lo sagrado les sirve, y algunos han tomado al Cristo para sus fines, secuestraron su imagen y trastornaron el símbolo que representa. Así, dicen que el Cristo es dios, y ellos sólo hacen lo que el Cristo les ordenó. Y más debajo de ellos están los zombis, esos que aceptaron que los huesudos están al mando porque fueron elegidos, que no se acercan directamente al Cristo, sino que se acercan a lo que aquellos dicen que es el Cristo, porque han sido condicionados a eso.

“Los cadáveres no sangran…” Cuando escuché a Julie gritar con alegría, vi al Cristo en su cruz. Agonizando, con la mirada perdida, con su “tengo sed”, con su “por qué me has abandonado”, con su “consumado es”, “ya está, llegó el fin, mi fin, estoy muerto…” Algunos dicen que la tierra tembló, que la hora se hizo más oscura, que el cielo tronó, y tantas cosas más. Yo creo que esos son artilugios del narrador, para hacer asombroso el momento, para desviar la mirada del Cristo y obligar a que se miren los elementos que dan a entender que el hombre en la cruz no era un hombre ordinario sino un dios. Antes funcionaba conmigo…

“Los cadáveres no sangran…” Cristo en la cruz, yo no podría alegrarme ya de su muerte, llevo años reflexionando en su muerte, viendo en ella una razón para seguir intentando cambios a mi alrededor, porque no es justo que un Cristo sea crucificado, y no es justo que eso siga pasando, pero nos dijeron que debemos celebrar su muerte, porque él es un dios y su muerte nuestra redención. Pero los dioses no sangran, y allí en la cruz el Cristo sangró y dicen que su sangre limpió los pecados del mundo, pero no me convence ya esa teología “huesuda, esquelética”, vestida de sagrada para oprimir, esa teología que distancia al hombre de la vida del Cristo, que lo redime, sí, lo redime, pero de su obligación de imitarlo en el afán de establecer justicia social e igualdad de derechos, de imitarlo en su afán de volcarse en contra de los sistemas que oprimen con ideologías y políticas inhumanas.

Los dioses no sangran, y lo digo con alivio. El Cristo sangró, y su sangre era sangre humana, de la nuestra, de nuestra raza. Sangró y su sangre lejos de ser una poción mágica cristianizada, es la razón para colgarnos en él, y hacerlo vivo en nuestros actos y palabras. Con alegría grito que el Cristo sangró y los dioses no sangran, con alegría sin celebrar, pero con mis ojos brillando de emoción, porque uno de los nuestro demostró que se puede ser ente de bienestar social, que podemos ser útil al otro, aceptarlo, amarlo, extenderle la mano, invitarlo a nuestro circulo, hacerlo nuestro circulo, hacernos el suyo. Una teología “Cristo-céntrica” no puede pretender partir desde la muerte del Cristo para vestirlo de dios y decir que su muerte transforma al mundo, señores: es evidente que no, el cristianismo fundamentado en esa teología ha servido para establecer escenarios de muerte y opresiones, y hablo en términos generales, y echemos un vistazo a la historia, porque esa teología lejos de ser “Cristo-céntrica” es “muerte-céntrica”, y genera muerte, y es raíz para que actitudes esqueléticas emerjan.

Impresionantemente, dentro de la esfera cristiana son los movimientos que se divorcian de las actitudes enraizadas en la teología muerte-céntrica los que logran establecer beneficios para el aparato social desde sus estructuras. Una teología “Cristo-céntrica” debe partir de la vida del Cristo, debe reconocer que él fue evangelio encarnado, su comportamiento, su actitud; la buena noticia no es su muerte, la buena noticia es que el Cristo vivió, fue entre los hombre, fue hombre entre hombres, ser humano, y que su humanidad refleja cuál es nuestra naturaleza, que ninguna doctrina de depravación o naturaleza pecaminosa debe impedirnos imitarle y ser mejores, ser lo que realmente debemos ser.


En Warm Bodies, los huesudos o esqueléticos se extinguieron cuando ya no habían zombis al servicio de ellos, cuando los humanos decidieron enfrentarlos. Unámonos en la humanidad del Cristo, vamos a sabotearle el juego a los huesudos que nos vienen con sus teologías esqueléticas, armemos una teología cristo-céntrica, para combatirlos, una que se establezca sobre las bases de la aceptación y el amor, tal como lo modeló el Cristo, una cuyo fin sea la apertura un escenario humano de unidad, de hermandad, y no de proselitismos y prestigios, que la igualdad en diversidad nos arrope y que el Cristo sea nuestro símbolo, que en su muerte podamos ver la necesidad de vencer la opresión no sólo la que nos jode a nosotros sino al otro también. Y recuerda, “los cadáveres no sangran, los dioses tampoco…”

viernes, 10 de mayo de 2013

RUBIA, CAPÍTULO UNO.


Por la alegría de ver mi novela Rubia participando en la edición XVIII del Rómulo Gallegos, les comparto el capítulo uno. Espero lo disfruten:

Es mediodía. Da igual verano o primavera; por estas tierras el sol de mediodía empaña el clima con su calor. Sería casi insoportable de no ser por las ráfagas de aire fresco que nacen entre las montañas y se desprenden desde lo alto del valle, allá arriba, donde los robles lo bordean como custodiándolo. ¡Valle legendario! Escenario de tantas historias. El aire viaja danzando, viento recio y solitario, juega entre los árboles, acaricia los samanes, árboles de lluvia, cenizos y de porte asombroso; seduce a los cedros, legendarios como el valle y silba entre ellos; sigue su camino, agitando la hierba en las planicies, donde reposa el ganado. Roza el agua de los ríos, dispersa a lo ancho y largo de estas tierras, bebe del Arroyo del Cardón y su recia danza encuentra calma. Ya no es viento solitario, es brisa suave que pasea con elegancia por el valle, que busca compañía entre las calles de Piedrita y Cañaveral, y avanza hasta Rivera y Agua Santa, no se detiene hasta que llega a lo más profundo del valle: El Consejo de Ciruma, y allí se perfuma con el aroma del aceite de cabimo.

Da igual verano o primavera, el sol o la brisa; da igual la sombra del cabimo bajo el cual está sentada en uno de los bancos de la plaza del indio, ajena al aroma del aceite, indiferente al verdor de las montañas que aun a lo lejos coquetean majestuosas. No importa el mundo fuera de ella y el suyo se ha detenido, el futuro tiembla y se inclina junto al presente, el pasado reina y se burla; el espacio es un vacío reducido a la medida de los interrogantes, donde no caben sueños y deseos, donde muere la sonrisa y brota el dolor. En ella, el sol es odio inclemente que empaña el alma con su calor y el valle, es su corazón que llora la ausencia de la brisa.

Ella es Rubia, la del nacimiento milagroso, la niña prodigio, la adolescente pródiga que una vez conoció el amor, la joven del millón de errores, la niña linda, la de los ojos de su abuelo; ella es una historia que aún no termina. Es hoy, un mundo distante y ajeno… Es un suspiro…

<<Soy Rubia, y tengo veintiocho años>> piensa, y es un lamento <<o tal vez soy veintiocho años llamados Rubia. Mi nombre debe ser sinónimo de desgracia, de desastre o constante aflicción. Sé que es inútil y tonto creer que puede cambiarse el pasado, pero… ¡Cuánto daría por cambiar aunque fuera un solo evento y desde allí caminar un trayecto distinto! entonces otro sería el presente y valdría la pena un futuro…>>

Al paso de la brisa una hoja se desprende del cabimo, es arrullada con ritmo lento, cae en el cabello de Rubia y allí reposa, sólo unos segundos, ella la toma con sus manos y siente la humedad del aceite en sus dedos, contempla el verde intenso y vivo de la hoja que la invita a despertar ante el mundo que la rodea. Sus ojos azules se funden en el horizonte, se pierde en el azul del cielo mientras suelta la hoja que cae al suelo. Frota entre sí los dedos aceitosos y regresa del horizonte, se encuentra con ella misma fuera de su mundo interior, bautizada con el aroma de la primavera.

<<El aceite de cabimo... si fuera tan fácil disipar el odio...>> piensa, y es un tímido deseo <<Las manchas del corazón son imborrables, no hay aceite que valga>>. Es una sentencia.

Recuerda el relato que una vez escuchó: en el año 1890 una extraña enfermedad azotó al estado Falcón, estado limítrofe con el estado Zulia. Una mancha aparecía en la piel y al cabo de dos semanas ésta se convertía en una llaga y, poco a poco, se extendía por todo el cuerpo. Las personas infectadas por esta enfermedad se iban pudriendo en vida, presentaban síntomas como fiebre y debilidad para ejercer cualquier tipo de actividad. Así, las víctimas de la enfermedad estaban condenadas a morir en un lapso de dos meses después de que la mancha se convirtiera en llaga.

Cuatro familias, los Quero, los Pachano, los Morles y los Suárez, decidieron abandonar el estado unidos como una sola familia, los más ancianos presentaban ya la mancha en la piel y en la familia Morles, un niño iba infectado también. Partieron en caballos, arreando sus ganados, con provisiones para un mes de camino, y la esperanza de encontrar un caserío en el estado Zulia donde poder establecerse lejos de la infección del estado abandonado. Llevaban también semillas de maíz, de auyama, y de otros alimentos, creían que, de no conseguir un caserío, podrían fundar en alguna tierra uno para las cuatro familias. Tras dos semanas caminando en medio de la selva falconiana y sin conseguir nada, el niño Santiago Morles presentaba fiebre con frecuencia y sus padres se desesperaban ante la idea de que pudiera morir en aquel peregrinaje. Los ancianos también se descomponían aceleradamente.

Encontraron un arroyo bordeado por cardones y se detuvieron para calmar la sed de los animales. Mientras las bestias se saciaban, un indio se les acercó. Se alarmaron al verlo, semidesnudo y de aspecto rudo. Cuando estuvo cerca, el temor aumentó al notar una cicatriz en su rostro que parecía dividírselo en dos. El indio parecía llevar un objetivo: sin distraerse, caminó directo hacia el niño, que estaba rodeado por sus padres y en los brazos de su madre, se abrió paso entre ellos y, ya frente a él, se inclinó a su altura. Nadie se resistió a su presencia. El indio miró el antebrazo del niño donde la mancha comenzaba a supurar.

Esto dijo tocando la llaga con su dedo­ mal de ciudad. Hombre de ciudad mucho odio.

Luego señaló al frente del arroyo y agregó:

Un día de camino, detrás de robles hay valle de cabimos, yo indio Ciruma pasar por allí y ver el árbol que bota aceite, aceite untar en piel de niño. Niño sano. Aceite cura odio.

Se levantó y sin esperar una palabra ni pronunciar ninguna otra, se alejó en sentido contrario al lugar que había señalado.

Por varios minutos, hubo gran discusión entre las cuatro familias, los Quero y los Pachano creyeron conveniente tomar otra dirección diferente a la que el indio les había indicado, pensaron que sus palabras podrían ser una trampa para desviarlos por ese camino y en compañía de la tribu despojarlos de sus bestias y mercancías. Sin embargo, la desesperación de los Morles les llevó a confiar en las palabras del indio Ciruma y, apoyados por la familia Suárez, decidieron dirigirse hacia el valle de los cabimos. Las otras dos familias terminaron siguiéndolos también. Al día siguiente, ya al anochecer, llegaron al lugar, contemplaron el valle bordeado por los robles, en él varias docenas de cabimos distribuidos a lo largo y ancho del valle. Era primavera, el olor del aceite que segregaba cada árbol era agradable al olfato, daba la impresión de estar dentro de un nuevo mundo. Tomaron aceite de cabimo y lo untaron a los infectados por la enfermedad, sobre las manchas y sin frotarlo, como había indicado el indio con señas. Tres días después de que los pacientes padecieran una fiebre intensa por las noches, las llagas desaparecieron junto con la fiebre y los síntomas de la enfermedad.

Decidieron establecerse en aquel lugar y, en honor al indio, que nunca más volvieron a ver, llamaron al pequeño caserío “El Consejo de Ciruma”. Cada familia se adueñó de una porción de tierra suficientemente espaciosa para construir casitas de barro y fundar pequeños conucos en los que sembraron las semillas que traían y así asegurarse la alimentación de la población. Se proveían de agua del arroyo al que llamaron “El Cardón”, el mismo donde les encontró el indio. Tan pronto como se establecieron, un representante de cada familia volvió al estado Falcón exportando el aceite de cabimo para que pudieran salvar a los pacientes que agonizaban y a los que iban siendo alcanzados por la enfermedad. Así, la fama del pequeño caserío corrió con rapidez.

En 1900, la Iglesia Católica consideró que la aparición del indio había sido un milagro, y lo atribuyó a San Antonio de Pádua, a quien veneraban como un santo patrono de los viajeros y cuya fama entre los laicos era conocida desde 1890. Enviaron a un cura para que se encargara de guiar espiritualmente a los habitantes del caserío, que aumentaban en número ya que la exportación del aceite al estado Falcón había servido como una puerta de entrada a otras familias que decidieron mudarse. El caserío creyó conveniente la presencia de un cura en aquel lugar y aceptaron la interpretación que la Iglesia Católica le dio a la aparición del indio, lo creyeron un verdadero milagro y no faltó uno que dijera haber sentido un impacto profundo tras las palabras del indio: “el odio del hombre de ciudad”. Sin embargo, nada acertada les pareció la elección de la santa iglesia con respecto al enviado cuando lo vieron llegar.

Rufino Pérez Valles era un joven de 25 años cuando llegó al pueblo. Acababa de salir del seminario, y una semana le bastó para cambiar la impresión que su llegada causó en los habitantes de El Consejo de Ciruma. Era joven e inexperto, pero apasionado y laborioso. Se ganó el respeto y la admiración de cada uno de los habitantes, quienes luego lo consideraron no solo el cura del pueblo sino también la máxima autoridad. El padre Rufino, llamado así al pasar los años, logró que las autoridades regionales posaran su mirada sobre el caserío. Consiguió que el gobierno regional construyera dos edificios destinados a la educación básica y diversificada de los habitantes del ya considerado pueblo y de los que habitaban los caseríos que se habían formado alrededor del mismo. También instauró la celebración del aniversario de la llegada a aquellas tierras de sus fundadores, la segunda semana de junio se festejaban las llamadas “Ferias de San Antonio”. Aquellas ferias fueron motivos de la visita de pobladores de otros estados.

En 1930 el gobernador de turno en el Zulia visitó la Feria de San Antonio y bautizó el pueblo como “El Jardín del Zulia”, nombre con el que luego el niño Santiago Morles, ya adulto, publicó una obra de poemas centrados en la fuerza y virtudes de la naturaleza. El gobernador prometió ese año construir un ambulatorio rural en el pueblo, y una plaza a la cual declaró que llamarían la plaza del indio, y que además, de ser electo de nuevo como gobernador del Estado Zulia, incluiría en su presupuesto un programa para la construcción de viviendas dentro del presupuesto regional, cuyo pago sería cómodo y ajustado a la economía de los habitantes del pueblo. Si bien todas esas promesas fueron charlatanería política y oportunista del gobernador, el padre Rufino se encargó de que las cumpliera todas. La Plaza del Indio quedó construida en el centro del pueblo, en medio de ella un cabimo era protegido como símbolo de esperanza y recordatorio de que el odio era una llaga que apagaba el espíritu del hombre.

Ya en 1950 el Consejo de Ciruma era un pueblo ajustado a la modernidad de la época. Ese año, la Iglesia Católica envió al gobierno nacional planos para que patrocinaran la construcción de algunas catedrales en las ciudades y pueblos que aún no tenían ninguna. El gobierno nacional los distribuyó a los estados correspondientes, quienes sortearon las construcciones para decidir cuales se llevarían a cabo ese año. Se aprobó la construcción de la catedral en el Consejo de Ciruma. Una confusión en los planos hizo que se iniciara la construcción basada en los planos de la catedral que debía corresponder a la ciudad de Cabimas. Cuando el gobierno regional hubo caído en cuenta de esto ya se había iniciado la construcción y así, el pueblo presumía de una catedral moderna y lujosa. La confusión de los planos se le atribuyó al santo patrono del pueblo como un milagro.

La entrada del evangelio protestante al pueblo, a finales de 1960, habría sido imposible y no aceptada por los habitantes de no ser por la aprobación del padre Rufino, cuyas decisiones y avales eran respetados aun cuando contradijeran la voluntad del colectivo. A pesar de que el protestantismo por esa época representaba una amenaza para la Iglesia Católica arraigada en costumbres y tradiciones, siendo tal protestantismo una expresión de nuevas propuestas consideradas liberales por el sector ortodoxo, el padre Rufino expresó siempre su inclinación a un escenario plural, diverso, tolerante.
A los 95 años de edad murió, y en su honor se levantó un monumento en la Plaza del Indio junto al Cabimo que está en el centro del mismo. Fue recordado siempre por su carisma y sus obras. Meses después de su muerte, el gobierno inició la construcción de otra plaza frente a la catedral, la Plaza Bolívar, fruto también de los esfuerzos en vida del padre Rufino.

En el pueblo, todas las generaciones escuchaban la historia del indio y del aceite de cabimo que curó la enfermedad de la mancha de la piel. Y Rubia la escuchó de labios de su abuelo. Recordar esta historia es recordar al abuelo, es recordar la razón por la que está sentada allí. Limpia sus dedos, asqueada del inútil aceite, mira el monumento y lee debajo de la imagen del cura Rufino Pérez Valles: “El Odio puede llegar a ser…”. Suficiente para esquivar la inscripción, para no leer lo que sigue, para ignorar al mundo de nuevo.

<< ¡Te odio abuelo!>> Y los ojos se le humedecen. No es fácil luchar contra el odio, no cuando las heridas aun duelen, cuando no cicatrizan. Rubia no admite curación, quiere, pero no puede. No se lo permite. Para ello debe hacerse débil, y una vez lo intentó y de nada sirvió, otro intento es un lujo, los daños podrían ser mayores.

Se conmueve ante su declaración, el odio sigue vivo; se reduce de nuevo el espacio y desde el vacío se asoman los interrogantes, el “qué habría sido de mí”, “cómo sería yo”, “dónde estaría”, el “cuál es la razón por la que tuvo que ser así” y el “quién puede entenderme”; y cada pregunta es un leño que excita las llamas del odio y el dolor…

-¡Por qué no te consumió la maldición de la lejanía en Agua Santa!

Y no quiere llorar, pero las lágrimas huyen del ardor del fuego en el alma.

Visita el blog de mi novela: http://www.minovelarubia.blogspot.com/

martes, 16 de abril de 2013

LEÍ "LOS COLORES DEL CIELO".


César Seco nos presenta “Los Colores del Cielo”.
Apenas entré en su galería de arte me encontré con un personaje de tres identidades. La pluma de César es poética, eso puede notarse apenas se lee la primera oración del primer párrafo: Pramuck Omack es ciudadano del mundo”. Tanto romanticismo para dibujar un personaje denuncia la carga poética sobre el hombro de su creador. Y con esa oración el creador de esta obra nos introduce en un mundo nada extraño, a pesar de los juegos de identidades y roles que ejerce el personaje, a pesar de que lo sitúa en tres espacios contrapuestos.
Lo que César hace es resumir en tres fragmentos la voluntad humana que compone la múltiple personalidad de cada ser, aunque nos empecinamos con mostrar una y ser “congruentes” con la que hemos asumido como “verdadera”, debemos ser honestos y reconocer que tras la fachada construida se debate el querer desafiarla, pasea la ira que no nos permite aceptar del todo lo establecido. En líneas generales el primer cuento, protagonizado por la trinidad del personaje Pramuck Omack, plantea al hombre en pleno postmodernismo, asumiendo su identidad fragmentada, consciente de lo relativo de su rol y finalmente declinando ante lo inevitable, dispuesto a avanzar con coraje. Dibuja un mundo bien delimitado, con un halo de oscuridad y misterio, atractivo. Obligando al lector a permanecer allí para comprenderlo, invitándolo a ser ciudadano de ese mundo en el que pasean sus personajes.
La narrativa de César es propositiva, desafía al lector a ser parte de la historia invitándolo a ser testigo y razonar las causas o efectos que le dan vida a los párrafos plasmados en el papel. Al pasear por el segundo cuento se reitera la condición postmodernista del hombre actual, además de destacar el carácter poético del autor, se puede percibir su desafío asumido con la narrativa para plantear perspectivas amplias de asuntos que son contemplados por otros con prejuicios.
Nos pone en el centro del segundo cuento a un bloguero homosexual, condenado a la muerte tras el diagnostico fatal y temido, pero no abraza la muerte resignado y apurado, sino que decide dejar huellas de su existencia aunque tal vez su decisión es producto de su soledad y necesidad de divagar para “matar el tiempo”. Así que de nuevo encontramos un personaje complejo, luchando contra sí mismo. Este consistente carácter en su obra le da personalidad a su narrativa. El autor va proponiendo el declive de los absolutos, hace de la historicidad un libro abierto y dispuesto a ser juzgado e interpretado. Hasta el cuento número dos el cielo se hace rojo y gris.
En su tercer cuento César nos deja ver su destreza en el género romántico y el erotismo. Dibuja una historia de amor y aunque el romance entre “él y ella” logra captar la atención del lector, puedo percibir tal romance como la excusa para decir muchas cosas. Hay tesoro escondido en esa isla de romanticismo y erotismo, códigos que marcan la consciencia del lector e invitan a ser descifrados.
En el primer cuento vemos a un hombre que abraza un destino por la convicción de lo necesario y su interpretación del deber, y en medio de su conflictivo mundo interno el autor deja ver una reflexión de su personaje: “…Por un momento en su vida quería mirar el rostro de Alá o de Jesús,  si era verdad que Dios existía y pedirle que extrajera de todo esto con una pinza a Alba…”  Ese “si era verdad que Dios existía” es una línea que, por estar incrustada en el contexto que plantea el cuento, queda haciendo ruido. Más tarde, en el segundo cuento, el moribundo bloguero, consciente de su condición, escribe: “¿me van a decir que son cosas de Dios,  de eso que llamamos el inefable destino, o del diablo ese que no sabemos si de verdad existe, pero que todo nos dice que con él convivimos?”  Si bien el carácter teológico de su narrativa viene “desfragmentando” la idea sólida y aceptada por herencia como “dios” con los dos primeros cuentos, la obra no está divorciada de una espiritualidad, sólo que no es tradicional la que plantea. En el tercer cuento la negación madura y da un resultado: “El amor es un espasmo de Dios cuando respira…” Uno de los versos escritos por “él” y que surgieron como resultado del romance con “ella”. Así, va estableciendo la posibilidad de una comprensión más amplia (¿y postmodernista?) de la espiritualidad, planteando que “Dios” puede que sea un ser con espasmos, que respira, y de quien emana el amor que viven los hombres y las mujeres cuando se encuentran. ¿Acaso podría ser “Dios” ese mismo amor? ¿Acaso podría “Dios” ya no ser visto como alguien que vive en otra esfera y que maneja los hilos del destino del mundo? ¿Podríamos cambiar de idea respecto a “Dios”?
Algunos podrían considerar el planteo teológico de la narración como “egocéntrico”, sin embargo, podría ser una crítica equivocada o prejuiciosa pues a fin de cuentas ¿las distintas concepciones y multiformes espiritualidades establecidas por la tradición no podrían considerarse como el producto del ego de los sistemas religiosos? ¿Acaso esta acción del hombre postmoderno, al deconstruir lo establecido, no es la misma que ya otros han hecho en distintas edades para arrojar como resultado la tradición hoy asumida como “la correcta”? Tal vez bajo esa óptica pueda dársele más crédito a las palabras del autor del libro de “Lamentaciones” cuando incansablemente repite: “no hay nada nuevo bajo el cielo”, y yo añado, en sintonía con la obra de César Seco, que ni siquiera los colores del cielo son nuevos, siempre han sido los mismos.
A estas alturas del libro, el cielo es rosado.
El cuarto cuento no pierde ritmo, nos sitúa en el ojo de la desgracia, esa que nadie espera aun cuando amenaza a diario, esa que aunque se teme no podría sospecharse su magnitud hasta vivirla. Con la desgracia en curso nos introduce en la historia, haciéndonos parte de ella, con una narración veloz, que obliga al lector a acelerar la mirada y transcurrir entre los párrafos. Allí somos lluvia cayendo y cerro cuesta abajo. El talento de César Seco de mover al lector al antojo de su ritmo como contador de cuentos es impresionante. La nostalgia se confunde con el miedo, la tristeza con la esperanza. Y vamos conociendo aquel trágico evento que azotó al pueblo venezolano de Vargas  y cambió por siempre la vida de sus habitantes. El cielo ya es una mezcla de colores donde predomina el verde, pero tiene aroma de lodo.
Luego de abordar la narrativa desde la tragedia, desde el existencialismo, desde el romanticismo el quinto cuento presenta un mundo post-apocalíptico y es un derroche de ciencia ficción. César voltea el mundo, cambia la geografía y viste la humanidad con un traje metálico, incluso sirve sobre la mesa aspectos de las creencias que componen las ficciones de nuestra realidad, en uno de sus párrafos cuenta que grupos religiosos consideran que la máquina a cargo del poder es el anticristo. Aborda la robótica con un estilo único y su historia es contada con la originalidad que su pluma asoma en los cuentos anteriores. Los robot, creados para disminuir el crimen, se convierten en criminales. Es la lucha épica entre el bien y el mal, demostrando que el mal no es cuestión de la humanidad, que no es una condición o rasgo distintivo de nuestra raza, sino que es una influencia que puede rechazarse también.
Nos presenta a Luno Artigas y a través de él podemos observar la utópica esperanza de todo aquel que idealiza un mejor porvenir pese a los pronósticos y la realidad. Introduce un tercer elemento en su ficción: alienígenas. Así nuestro planeta se ha convertido en hogar para tres razas en conflictos, cada una queriendo recuperar lo que creyó poseer. Cuando uno piensa que la obra está montada, que la historia está contada, César Seco nos sorprende con una agonía desdoblada en Luna Artigas y un romance que queda en la imaginación del lector. El cielo muestra su color anaranjado.
La narración acelerada y descifrable se pausa un instante, desacelera, pero no para perder calidad sino para invitarnos a otra dimensión, para hacernos contemplar otro estilo y género. César nos introduce en el mundo de Elías, un personaje aparentemente atormentado y no lo sabe, con una “maldición” por su condición judía… “Y ya sabemos que para los hijos de Israel esto es el calvario: tener siempre que irse a otro lugar, indignos de confianza alguna, obligados siempre a la diáspora, a marcharse a donde suponen les espera “la tierra prometida”.  Nos internamos en la humanidad del judío maestro Elías, y descubrimos que no es un personaje ni negro ni blanco, sus agonías y tormentos no le impide ser un hábil orientador, no lo privan de “días buenos” en los que sale de su habitación rasurado, bien vestido y perfumado para ejercer su rol. El cielo es azul también, y mientras leía la vida de Elías noté de nuevo que César me había involucrado en su historia. Maestro Elías, quien al principio me deja ver su locura, resultó ser un hombre de literatura, poeta hábil, distante del destino que le tocó al final, apasionado por una Zobeida que es su musa, y adicto al éter que resultó se su perdición. Pero cuando creí que maestro Elías era un personaje digno de un final feliz, el autor cambia el panorama, no sin antes hacer lógica la transformación de la trama y desviarnos por el laberinto en la consciencia del personaje.
Y con ese cuento César cierra su exposición de arte, con un cielo azul, haciéndonos consumir éter, impregnándonos con locura.
En resumen, César Seco es mucho más que un narrador, se percibe cronista, periodista, poeta. Ha logrado internar una serie de aplicaciones que vuelca sobre el papel con destreza. Disfruté la lectura de sus cuentos, y me quedé preguntando de qué color podría ser el cielo mañana.

miércoles, 10 de abril de 2013

DE NUEVO RUBIA.


Rubia fue mi primera novela escrita. Mi primera novela finalista en un concurso. Mi primera novela publicada. Mi primera novela en amazon. Mi primera mirada a mí mismo luego de romper con las herencias ideológicas, religiosas e históricas que me tocaron. Rubia es además quien me bautiza como escritor y me quita un poco el miedo y la vergüenza de sospecharme escritor (un poco solamente). Además, Rubia es mi primer intento en el Premio de Literatura Rómulo Gallegos, en la edición cuyo fallo corresponde al año en curso. Sea que figure entre los finalista o no, quedará escrito en mi memoria que fue la novela con la que intenté por primera vez obtener el premio con el que sueñan los escritores latinos. Y que se sepa que será el primer intento, pues desde esta edición el jurado tendrá que evaluar en cada edición una obra mía, pues soy terco e incansable.
Ella me ha traído buenos amigos, gracias a ella muchos nombres están almacenados en ese baúl de amigos verdaderos que formarán por siempre parte de mi historia. Entre ellos debo mencionar a Febe Mendoza, quien me acompañó desde su creación, quien recorrió los laberintos de la trama en tiempo real y me enseñó a contar historias. Siempre diré que no me atrevería hoy a escribir para ser leído si el nombre Febe Mendoza no estuviera en mi memoria. Y así muchos que no sólo han sido lectores sino que también se hacen hoy propulsores de la historia y canales para que mi Rubia sea recorrida por la mirada de otros.
De nuevo Rubia irrumpe en mis rutinas, tras la posible publicación impresa en Costa Rica me vi obligado a jugar con ella una vez más, la leí de nuevo e hice algunos cambios en su presentación enumerando esta vez los capítulos. Y hoy quiero reflexionar a partir de ella.
Aunque lleva su nombre hoy puedo decir que el asunto principal de la novela es el odio. Recuerdo que durante años el cristianismo me enseñó que el odio es una influencia del maligno que mancha nuestra existencia y nos hace indigno frente al dios. El odio, me enseñó el cristianismo, nos condena a la muerte eterna, al infierno, a la condenación. Ante la grave problemática, así concebido el odio por la religión cristiana, se nos ofrece una salida: la redención. Y esta redención es una especie de manto mágico que arropa al hombre y pretende hacerlo inmune de la influencia demoníaca representada por el odio, entre otras cosas. El asunto es que, dada nuestra condición humana y nuestros condicionamientos y “educación”, el odio no se disipa con mantos mágicos, sino que sigue infectando nuestras emociones, sólo que a veces, por las rutinas que impone la religión, logramos distraer el sentimiento negativo.
La verdadera redención del hombre es el conocimiento de sí mismo. Lo entendí cuando decidí abandonar el cristianismo y caminar con mis propios pies y ver a través de mis ojos. Por ese tiempo comenzaba a escribir Rubia, centrado en un personaje marcado por una vivencia que la lleva a odiar al abuelo y todo cuanto significó su abuelo para ella. De manera que Rubia odia su entorno, su vida, odia el amor, odia el porvenir, todo lo que puede ver o recordar lo odia porque todo ello fue su abuelo.
Hoy tengo el coraje para admitir que el odio de la chica de mi novela era mi odio, su abuelo era mi cristianismo y lo odié, por robarme mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, por estar en mis recuerdos, por creerlo porvenir, lo odié porque me infectó y me hizo creer que el mundo era de una forma y al despertar pude entenderlo de otra. El abuelo de Rubia fui yo mismo, engañado por mí mismo, truncado por mí mismo, esperando siempre que las cosas sucedieran de una forma mágica, perdiendo el tiempo que pude haber diezmado en esfuerzo e intentos. Como Rubia busqué sanar mi odio de distintas maneras, porque así fui condicionado, creyendo que las respuestas a los problemas propios pueden encontrarse en fuentes externas. Pero comprendí, no muy tarde, que la redención está en el conocimiento de uno mismo. En saber quién soy, por qué soy, hacia dónde soy, desde dónde soy. Rubia invita a contemplar las posibilidades que siempre serán fallidas y a aceptar con coraje la responsabilidad de nuestros pasos, nuestra responsabilidad con nosotros mismos, al final es la respuesta correcta.
Ella es una lectura amplia. Rubia es la misma América Latina buscando su identidad, reconociendo en cada paso, a través de las décadas, que sus problemas necesitan soluciones que emanen de la latinidad, de la identidad propia. Rubia es una invitación a tomar el control de uno mismo y evaluarnos, decidirnos por la construcción de nuestro porvenir, decidirnos por avanzar a ritmo propio, desconociendo las herencias que nos han encerrado en los laberintos conflictivos, desafiando lo ya establecido para así encontrar salida y un mañana. En ella dibujo la tierra donde nací, el pueblo que fue mi cuna: Aroa, Estado Yaracuy, muestro matices del cerro que conquistó mi abuelo Segundo Crespo y hasta incluyo su nombre en la trama. También dejo ver cómo percibí a la ciudad de Cabimas cuando recién llegué, y hasta cómo percibí los cambios políticos que iniciaron en 1999. A través de Rubia podrán conocer El Consejo de Ciruma, un pueblo que, de no existir, sería la ficción mejor elaborada. Tomo del pueblo algunos mitos, dibujos otros inspirado en los ancianos que conocí allí.
Rubia es un resumen de mi historia hasta el año 2008 y es además parte de mi historia desde entonces, siempre volveré a ella, a Rubia, siempre miraré sus ojos azules, míticos y místicos, siempre recorreré las calles que son suyas. De hecho, Rubia jamás dejará de ser parte de mi realidad pues siempre tendré que visitar El Consejo de Ciruma, y desde hace diez años pienso que tal vez al llegar a la vejez me encierre en ese pueblo para reflexionar en mis días desde mis últimos días. Espero un día, amado lector, tengas la oportunidad de leer a mi Rubia y puedas decirme cómo me vez a través de sus ojos. 
Les invito a visitar el blog de la novela: http://www.minovelarubia.blogspot.com/ 

viernes, 5 de abril de 2013

RESEÑA DE "DECIDISTE TARDE", OBRA DE LA AUTORA KASSFINOL

Cuando Kassfinol me obsequió su versión digital de “Decidiste Tarde”, me advirtió: “lo escribí en una sentada”. Sospeché que con eso me decía que se trataba de una obra sencilla y nada sorprendente. Pero no fue así. Es una obra de fácil lectura y comprensión, con una narración fresca y a ritmo acelerado, nos cuenta una historia bien delineada, sin abusos narrativos, sin muchas distracciones, el uso de los recursos literarios es exacto y sin derroche alguno.

Me gustó la historia, alguna vez, de alguna u otra manera, todo ser humano la ha encarnado. En ocasiones hemos sido engañados por otros, o por nosotros mismos, como también hemos sido engañadores y a veces mientras lo somos, sin darnos cuenta, nos oprimimos a nosotros mismos. Todos tenemos, en nuestras memorias, recuerdos de buenos romances y romances que no fueron fructíferos.

Kassfinol nos presenta a Francisco y a Sandra en una historia romántica. Así parece al principio. “Decidiste Tarde” tiene una particularidad que surge de la naturaleza de su autora: evolución y transformación. Si me pidieran definir la obra en una frase diría “Decidiste Tarde es una narración que evoluciona con rapidez y se transforma mediante sus elementos”.

Lo que parece una historia romántica va tornándose trágica, los personajes van consumiéndose en una suerte deprimente, donde la angustia pasea entre sus almas, se descubre uno al otro y uno en el otro, lo aparente va convirtiéndose en un fantasma que inquieta y la incertidumbre los lleva hacia la agonía de tener que decidir como arrinconados contra la pared. El aura romántico y trágico se fusiona para atraparnos como un monstruo sediento de lágrimas e indecisiones.

Me sorprendió ese cambio inteligente, esa transformación que hace evolucionar la lectura, me sorprendió porque se hace tan sutil y silencioso que apenas puede percibirse. Y cuando ya creía definida la historia se vuelca desde lo fantástico, elevando la voz del narrador, encarnada en la personalidad de Sandra, a una dimensión fuera de la realidad que se observa.

Cuando llegué al final recordé que Kassfinol escribió “Decidiste Tarde” en una sentada y sonreí pensando que así nacen nuestras mejores obras.

Recomiendo esta lectura, sé que la van a disfrutar.

martes, 19 de marzo de 2013

LUIS EDUARDO AYALA PÁEZ: REGENERACIÓN ES REALIDAD EMULADA Y FANTÁSTICA.


Reseña escrita por Luis Eduardo Ayala Páez.
Escribir es una tarea ardua, compleja y llena de riesgos. Asumir el tiempo y el espacio para desarrollar un entramado mágico, envolvente, en donde brote la vida, es una labor muchas veces complicada. Por ello, lograr la atención del lector es un don sólo para elegidos, porque sólo ellos saben capturar la mirada curiosa de los lectores, motivo por el cual hace que este gozo sea para muchos inalcanzable.

Las novelas generadas en nuestro país en los años 70 marcaron el rumbo de la novelística actual de nuestras letras, afianzaron el panorama, propusieron sus formas y técnicas, lamentablemente llegando a su ocaso en los años 90. Desde allí la novela venezolana ha menguado, mermando en calidad y producción.

Desde ese tiempo son pocos los nombres que sobresalen. Sólo nos podemos quedar con los latidos de un José Balza, resonando con su novela “Percusión”, como lo mejor escrito en esa década. El paisaje actual de la novela escrita en nuestro país es desconcertante.

Sin embargo, como un torrente de vigor y rigor narrativo, sale a la luz la producción novelística de un joven escritor venezolano, Gusmar Sosa.

En su propuesta narrativa la realidad es trastocada, planteando miradas múltiples, llenas de un toque maravilloso, a veces mezclando la luz y la oscuridad, dualidad presente siempre en los acontecimientos diarios.

En esta narrativa se entrecruza la realidad con la inventiva creadora del poder de fabular de Gusmar, produciendo un relato fantástico e insólito, igualmente, verídico.

Yo llamaría al andamio filosófico, narrativo y poético que conforman a ésta, su más reciente novela, “Regeneración”, como una novela de realidad emulada, realidad extraída de un hecho sonoro, que  pasa a ser redimensionado, cubierto y protegido por un halo fantástico.

Roberto, el personaje principal de la novela, es una figura inquietante y enigmática por su don de regenerarse a sí mismo, que lo hace inmune al fuego que se desarrolla en la factoría donde se desenvuelve parte de la historia. Es un personaje humano, que tiene los mismos miedos y culpas que todos sentimos de vez en cuando, que dejándolos a un lado, asume el acto heroico de adentrarse en las llamas y cambiar la situación.  Roberto es un héroe derrotado y de redimido a la vez. 

En “A puertas cerradas”, de Jean-Paul Sartre, un conjunto de personas son sumergidas en un infierno doméstico, hecho que los incita a flagelarse entre ellos, haciendo germinar las pugnas y  los tropiezos. Por el contrario, en la novela de Sosa, sucede lo inverso, el infierno es real, las altas llamas cubren todo, llegan al techo como tentáculos de fuego, propagando un humo denso color piedra, que los ahoga. No obstante, aquí la esencia humana muestra ese don olvidado: la solidaridad, que surge de la fragilidad.

Los personajes de “Regeneración” se despojan de resentimientos y culpas, propiciando entre ellos un sosiego que los ayuda a sobrevivir en el infierno.

En estas contradicciones reales, en estos sobresaltos, “Regeneración” asume un punto de flexión en el ámbito de la novela actual del país, porque se ocupa, sin divertimentos, de un hecho real y lo vuelve la semilla de una gran historia, que no se aleja de su otro aspecto más importante como lo es el hecho de hacer una crítica pondera a muchas de esas contradicciones que desde la realidad impregnan la historia de la novela. Recordando con ello, las teorías estéticas de Georg Lukács, quien en sus ensayos demuestra y hace patente estas dualidades. 

Sosa asume correctamente estas intrincadas y inasibles contracciones, volcándolas con éxito en la trama, al nombrarlas y hacerlas parte de la novela permite elaborar una crítica de las mismas desde la ficción, en esa realidad emulada, llena de vida y elementos enigmáticos, fantásticos.

“Regeneración” es una novela que se yergue como una propuesta literaria interesantísima, que nos hace pensar en la recuperación de lo mejor de nuestra narrativa, trayéndonos una historial original, es una novela que sale del inventiva de su autor, de su prosa ingeniosa, alejada de superfluos y exabruptos, que atrapa y atrae, que nos envuelve poco a poco con su potente historia.

Es una novela que abre nuevos senderos en nuestras letras, que nos anima a confiar en lo que se viene haciendo. “Regeneración”, no sólo es una excelente lectura, es también una novela de un profundo contenido.  Acerquémonos a ella querido lector, adentrémonos en sus páginas, dejemos que la prosa de Sosa nos sumerja en la fascinante historia de “Regeneración”. 

martes, 26 de febrero de 2013

RESEÑA DE "AZUL LEJANO".


Azul Lejano nos invita a comprender la totalidad de ser. Sí, nos permite reflexionar en lo complejo que es existir y en la complejidad misma que emerge de lo existente. Nos desafía a entendernos uno entre todos y extendernos como uno entre todos.

“Soy tanto aquél como yo mismo/y me voy sintiendo en lo que sé y desconozco”.

Es para mí el verso inicial de la obra de Luis Eduardo Ayala Páez. Es el que nos introduce en el paisaje amplio y centrado que dibuja la tinta del autor. Desde ese momento puede percibirse que Ayala encarna sus letras y pasea a través de ellas por todas las páginas en las que la tinta mancha de melancolía y sed de sabiduría. Y es esa sed la que desborda agonía y se encarna en los versos, es la imagen central, e incluso el tono, que oscurece de azul el cielo y se extiende desde el aquí y ahora hasta el horizonte vislumbrado.

“Son pocas las cosas que bajo/este cielo galáctico están colocadas en su lugar.”

La sed muta y se hace denuncia y crítica, reclamo y deseo. Cada elemento se mezcla en una voz escrita, y el azul va trascendiendo, convirtiéndose también en lienzo. La mirada del autor recoge lo obvio para transformarlo en imágenes y expresiones. Así nos convoca a detenernos para contemplar a través de él.
“Ni el vuelo de mis pensamientos/hace crujir el viento…”

Puede palparse la serenidad de quien no se resigna pero se entrega, de quien se viste de vida para hacer un hilo. Nos deja pistas para seguir, migas en el camino para ir comprendiendo la reflexión del autor, nos permite jugar con lo intangible, tocarlo.

Encarnación es la palabra que paseaba por mi mente mientras me sumergía en el Azul Lejano. Podemos encarnar lo intangible y ser vehículo de los deseos, así ser cielo y mar, ser horizonte y amanecer. Somos escenarios y somos elementos que invaden, podemos situarnos en cada dinámica que le da sentido a la existencia.

Azul Lejano es la primera entrega de Luis Eduardo Ayala Páez, que no es un poeta ingenuo y tampoco podría llamarlo novato. Es un joven artista, que sabe hacer uso de las letras y componer con ellas una obra universal, que nos toca a todos por igual, que puede despertar la consciencia de la memoria olvidada, que se contextualiza desde quien la mira invadiendo desde la mirada hasta encarnar, su obra produce una simbiosis nada estéril, es fructífera y el sabor de sus frutos depende de la mirada encarnada.

La metáfora en la voz escrita de Ayala es víctima de su sed. Y su habilidad nos va llevando al que, según percibo yo, es su verso central, el estallido de su obra:

“En ese mundo no hay cielos, /sin embargo llueve.”

El recorrido hasta ese verso nos permite comprender la cosmovisión plasmada en esas dos líneas, el ser sediento, repleto de anécdotas, da a luz las quejas que desafían lo ya vivido reflejando la no aceptación de lo aceptado, la rebelión en contra de lo que está establecido para pronunciar las quejas que reclaman una nueva construcción. La descripción en las manos de Ayala no es una renuncia tímida, es mucho más que eso, es la apertura a nuevos dibujos. Ayala es un filósofo que desborda en poesía sus pensamientos.

A partir de ese verso el tono se hace más violento, el movimiento más perceptible, es como si el autor ha dejado escapar esa bestia filosófica que esperó su momento para danzar. Incluso las imágenes cambian, hasta el momento el autor hace uso del viento, el universo y la galaxia. Su obra evoluciona y cambia de color, como si lo lejano excitara su ira y su ira se expresara en pasión, así nos entrega el fuego, el vacío y la sombra. Y mezcla los elementos de sus primeros versos con estos últimos para presentar un derroche de fuerza filosófica plasmada como poesía que dibuja. Ayala se desdobla a través de las páginas hasta entregarnos su final…

“Persisto siendo ellos, /los que perdí.”

Cuando culminé la lectura de esta obra de arte me vi arropado por una serie de reflexiones sobre mis pasos andados hasta ahora. Fue una grata experiencia, y no puedo dejar de invitarles a que adquieran “Azul Lejano” y contemplen desde el azul la lejanía hasta sentir cómo se alían estos dos elementos al final de la lectura.

lunes, 25 de febrero de 2013

RESEÑA DE "VERSOS HÚMEDOS".


Versos Húmedos, de Miky Poche, no puede reducirse a “poesía erótica”, o podría decir: versos húmedos redime la poesía erótica frente a aquellos que la asumen con prejuicios y piensan que erotismo es lujuria no razonada o lascivia sin sentido. Yo tomé mi ejemplar y al ver el arte (dibujado por la hija de la autora) me ubiqué dentro del libro pensando “voy a ver el mundo desde sus páginas a través de la ventana que amenaza con la realidad”. ¡No me equivoqué!

Mi ejemplar está dedicado, ella me advierte “disfruta la humedad de mis versos”, pero me llamó la atención que la dedicatoria impresa en el ejemplar dice “al universo y toda creación”, al instante pensé que la obra en mis manos podría arrojar un grado profundo y humano de espiritualidad, y nuevamente acerté. Pasear a través de los laberintos de Versos Húmedos es encontrar la humanidad real, esa que solemos esconder entre la piel y la sangre, que pide a gritos libertad para volcarse en contra de la pasividad con la que hemos disfrazado nuestras alegrías; es comprender que la espiritualidad es consciencia de lo que somos, deseamos y consumimos. La obra es madura, adulta, elevada. Es un susurro de alguien que no le teme a la vida y está dispuesta a vivirla sin permitirse el egoísmo de no compartir su secreto.

Versos Húmedos desnuda nuestras apariencias hasta el punto en que las percibimos como ficción y nos preguntamos cómo hemos olvidado que somos pasión y fuerza. Nos conduce hacia el auto descubrimiento, nos seduce con un erotismo nada mágico ni ficticio, la palabra de Miky es la encarnación de lo que tal vez fuimos alguna vez y decidimos reprimir. El verdadero yo emana irremediablemente a través de la lectura…

“Quiero nombrarte hoy/Nombrar tu misterio/tu verdad/tu nombre…” (Página 20).

Son versos como ese los que me hace pensar que la autora entiende que el erotismo es también espiritualidad, es expresión de la agonía consciente, es desahogo de la búsqueda que no termina, que impulsa al ser humano a mantenerse atento y expectante. Ella mezcla la agonía con la sexualidad, elevando la sexualidad o más bien restaurándola, dándole el lugar que siempre ha debido tener, su verbo invita a despojarnos de la vergüenza que nos impide aceptarnos y contemplarnos ansiosos de placer, de vida buena, de vida grata, nos invita a desear ser dueños.

Su poesía arroja nuevos conceptos, innova y propone. También derriba para construir, desafiando las figuras establecidas como incuestionables por el tiempo…

“si así lo haces/sumisa/a tus pies me arrodillaré/y serás el único dios que adoraré…”

Me seduce su irreverencia, su pasión y elevada consciencia de sí misma, me atrae su percepción acerca de la realidad, su constante invocación a la humedad.

Versos Húmedos es una obra con personalidad, es la creación de una diosa: la diosa del erotismo. Es el reflejo de una entidad espiritual que exalta la pasión y que nos invita a mirar desde la pasión. Es mi deber invitarles a adquirir la obra y deleitarse con la humedad que emana desde la tinta erótica.

viernes, 15 de febrero de 2013

REGENERACIÓN YA ESTÁ EN AMAZON...


“Regeneración, Parte 1: Incendio en la Planta Amuay” es una novela corta, de 83 páginas, doce capítulos, de 19.030 palabras, 114.142 caracteres, 370 párrafos y 1.999 líneas. Doce personajes principales la componen, y otros tantos que pasean a través de la historia. Es la primera entrega de una colección de novelas que pretende conquistar desde Latinoamérica la ficción escrita. En ésta entrega se dan a conocer los personajes que protagonizarán las siguientes series. 


Basada en un evento real, la portada del libro es la fusión de los dos colores que mancharon el amanecer del 25 de agosto en Venezuela: luto y sangre. Tras la explosión en una de las plantas refinadoras del país, donde perdieron la vida trabajadores y rescatista, Gusmar Sosa, autor de la obra, conmocionado por el evento que se transmitía como noticia a través de todos los medios nacionales, decide escribir un cuento en homenaje a los caídos y un mes después convierte el cuento en “Regeneración, Parte 1: Incendio en la Planta de Amuay”.

En la novela se toma la explosión como punto de partida para la historia, y a medida que pasan las horas de agonía el lector podrá encarnar a un observador que se sitúa desde distintas dimensiones contemplando la desesperación, la esperanza, el misterio, las teorías y cada elemento que emerge desde el hecho central. Paseará por la psiquis de los personajes, conociendo sus pasados, transitando con ellos por el presente y soñando junto a ellos con el futuro. 

Es una novela fantástica, de tono oscuro, de fondo ficticio, anclada en la realidad, de suerte negra, arrojando una forma de entrega que no resulta complicada para el tránsito ni permite tropiezos para la comprensión. La lectura se digiere fácil y da espacio para especulaciones o suposiciones.

A poco tiempo de su publicación en formato e-book desde la plataforma de amazon ya cuenta con comentarios positivos que puedes leer en el blog de la novela: “Regeneración”.
 
También puedes leer el capitulo uno aquí o aquí.

Si deseas adquirirla pulsa aquí.

Además, desde distintos países amigos del autor enviaron sus fotos apoyando el lanzamiento de la novela, puedes ver las fotos aquí.