Microrrelatos
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miércoles, 28 de noviembre de 2012

AGONÍA.


Dedicado a ella, por quien a veces soy vestigio de vida...


Sonrió, no resignado y tampoco rendido. Sólo sonrió pensando en aquellos días, esos que no fueron contados jamás, guardados como ancla que sujetó su memoria, que lo mantuvo en pie. La recordó, nunca la olvidó, pero esa noche acentuó su atención en los recuerdos de ella. Ella fue la vida, energía, verdad. Sin ella la muerte se desnudó frente a él, se apagó la luz que descubría los colores del camino y la mentira fue su escudo.


Tantos juegos jugó sin pretensión de ganar, y nunca ganó. Pero allí sentado, cigarro en mano, se antojó del triunfo. Ella, desde el más allá, le devolvía la energía, la vida, la verdad. Y él, desde el más acá y a un paso de allá, lamentaba la consciencia tardía del tiempo agotado. Recuerdos, espejismos, fantasmas, proyecciones, visiones, teofanías de la misma muerte tal vez, manifestación de la agonía que siempre agoniza pero a veces con más fuerza logra encarnarse en la vida que caduca.


¿Puede ganarle el juego a la muerte? ¿Puede asirse de la eternidad? Tantos mitos escuchó. Se aferró a su cigarro, miró la punta encendida que ya casi tocaba el filtro, respiró el humo, señal débil del fuego que consume. “Sólo si se vive se puede humear”, pensó sonriendo aún. ¿Es tarde? ¿Cuándo es tarde y cómo saberlo? Tal vez cuando es demasiado tarde no hay consciencia para saberlo. Se levantó, caminó hasta su habitación, tomó las cartas del baúl, esas que contaban los días ocultos, decidió enviarlas. Y entre sus cartas fui yo, oculto también, vestigio de vida en tiempos de muerte.

domingo, 25 de noviembre de 2012

VOLVERÉ A TI...


En abril del año 2011 mi microrrelato "Volveré a ti" fue seleccionado como uno de los tres ganadores de un certamen convocado por la Biblioteca Pública del Zulia. A continuación lo comparto con ustedes, dejándoles saber que es un grito a la tierra que impregnó mi niñez: Maracaibo...

Volveré a ti.
Mis ojos se pierden en el horizonte, es tan ancho el horizonte, caminos inciertos se han forjado sobre él, laberintos que confunden mis ojos que buscan el brillo de tus aguas, reflejos de un cielo que fue mi cielo, espejo de un sol amante que me enseñó a amar; de noche la luna se mece en tus aguas y yo extraño tus noches, donde jugaban mis sueños…

Nunca volví a ser niño lejos de ti, nunca más tuve hogar fuera de ti… Sin tu calor forastero soy, peregrino que sin lugar y sin tiempo levanta su rostro y perdida la mirada deja escapar un lamento, y mi lamento es tu nombre, tierra a la que regresaré, porque a ti están atados mis recuerdos…

Regresaré y le daré vida a esta nostalgia que pasea en mi alma… Es que mis manos escriben tu nombre mientras ausente y distante estoy de ti, y en mi alma paseas tú, y voy recordando tus veredas, y voy recordando tus plazas…
¡Cuánto extraño tu aire cálido!

sábado, 24 de noviembre de 2012

MICRORRELATOS OSCUROS.


Como un homenaje a la novela negra, Artgerust decidió convocar la participación de autores para la creación de microrrelatos enmarcados en ese genero. Cada autor podía enviar cuantos microrrelatos le fuera posible y Artgerust escogería los considerados dignos de publicar en una antología. Envié tres microrrelatos de los cuales uno (Fantasmas) fue escogido. A continuación comparto los tres con ustedes:

I.            Némesis.
El rostro desfigurado le dificultó reconocerlo al instante. La escena era un abuso del esfuerzo por convencer a la audiencia de un suicidio descabellado. Él apreció la escena como la obra de arte de un esquizofrénico que decidió firmar con horror el lienzo pintado.
¿Realmente sería un suicidio? Con los guantes de látex puestos, el Teniente Castro, sujetó la muñeca izquierda del cadáver, y observó el lunar en forma de luna. Como lo había sospechado. Una vez más burlado, tal vez nunca acabaría el juego y nunca resultaría ganador. Suspiró. En minutos la escena sería invadida por el cuerpo policial, la prensa lo estaría devorando y en algún lugar su némesis sonreiría disfrutando el espectáculo.
Encendió un cigarrillo fuera de la casa. ¿Podría detenerlo antes del próximo asesinato? En un charco de agua junto a sus pies se reflejó su rostro, observó la cicatriz en el cuello, imágenes de un forcejeo relampaguearon en su memoria. Algo dentro de él sonreía.

II.          Mutación.
Alberto tembló. Supo que su muerte era inevitable. Le habría gustado escribir su historia, presentir su muerte de esa forma y haberla escrito. Pensó que sería un buen cuento. No imaginó que moriría por una venganza a su padre. Sus verdugos sin duda eran enfermos mentales.
Quizá lo observaron crecer, graduar, alcanzar sus metas. Pensó en Daniela, su esposa.  Sintió un relámpago atravesarle el pecho, un chorro de sangre se liberó en él, podía sentir la sangre desesperada, celebrando la libertad de las cadenas arteriales, fluyendo como un manantial de agua que por primera vez es observado. Mutaba de vivo a muerto.
Le arrancaron la venda de los ojos, apenas alcanzó a ver a los vecinos. “No fue mi culpa”, susurró mientras agonizaba, apuntó con su mirada a la chica, el señuelo con el cual lo atrajeron al lugar, contempló su hermosura y de nuevo pensó en Daniela. Pronto dejó de escuchar y todo oscureció, el día mutó en noche.
III.       Fantasmas.
Algunas madrugadas se levantaba de la silla desde donde observaba los fantasmas de sus padres, se acercaba a su padre y escuchaba su voz grave y determinante: “Puedes ser lo que quieras hijo, tienes el talento de consumir con tu pasión lo que se te antoje, sólo debes ser inteligente para escoger qué quieres ser…”.

Él ya había escogido qué quería ser: feliz. Y sería feliz a toda costa, se dejaría consumir por la felicidad, sonreiría por encima de todo. Solamente teniendo a sus padres vivos podría ser feliz. Así que cada vez que la melancolía y la tristeza golpeaban desde la ausencia de sus padres salía sin avisar hasta la tasca del barrio, consumía del ron más barato, entonces ellos volvían a su lado. Aquella noche su padre le extendió la mano, invitándolo a cruzar la calle junto a él, Carlos soltó la botella y cruzó la calle sin darse cuenta que un auto le había quitado la vida.